La diplomacia que vale la pena

Había una vez un diplomático que se perdió por las cataratas Victoria de Zimbabue debido a los caprichos de la Reina Sofía. El mismo hombre tuvo que lidiar con el Papa de Roma y el Presidente Obama cuando le sacaron los colores por los líos que el gobierno español provocó en los asuntos bilaterales. El pobre se tropezó con mucho ego político de por medio.

Uno se imagina a un embajador como alguien que viaja en un coche oficial con matrícula diplomática navegando de croqueta en croqueta en un océano de intensa vida social. Pero la realidad nos refleja a un hombre orquesta, que debe repatriar cadáveres, ayudar a los negocios, fomentar vínculos culturales o organizar cumbres de paz en un tiempo récord.

Así ha sido la vida pública de Jorge Dezcallar, que la ha destinado de pleno a la diplomacia española y la desgrana en el libro Valió la pena (ed. península, 2015). Se trata de una autobiografía amena, que se puede leer incluso como si fuera un cuento de Willy Fog. No sería Quay d’Orsay ni In the loop, aunque podrían encontrarse algunos parecidos razonables. Lejos de eso es, en realidad, un manual de relaciones internacionales y de cuánto le queda a España por aprender en lo de saber ir por el mundo.

Dezcallar enfrascó más de la mitad de su carrera a la gestión de la política exterior con y en África, donde fue embajador en Marruecos y se vió las caras con caracteres como el de Gaddafi. La guinda fue cuando Estados Unidos pidió al gobierno español que acogiera en Madrid una Conferencia de Paz para Oriente Medio. El encargo llegó al Ministerio de Asuntos Exteriores a tan solo 10 días de la cita, y digamos que el hashtag de ese evento no sería lo que más les preocupara. Era el año 1991 y había que albergar una decena de delegaciones y preparar sus séquitos y medidas de seguridad. Y el contenido político, claro está.

Tiempo de espías

Nuestro hombre dedicó tres años de su vida a una tarea tan apasionante y apasionada como es la seguridad del estado. Dezcallar fue el primer civil que dirigió el CNI, anteriormente CESID. Él fue el artífice de intentar abrir ese búnker de la inteligencia española. Lo reformó e instauró controles políticos y judiciales sobre el centro.

Pero sus palabras también imprimen una crítica ácida de la clase política española, que considera internada en un maniqueísmo y en una guerra partidista que daña la imagen exterior del estado. Su visión es la de unos políticos a los que no gustan los perfiles independientes en un mundo donde es imprescindible tener un prisma de 360 grados para tomar las decisiones más acertadas.

Seu de l’Ambaixada espanyola davant la Santa Seu (foto: Iuliana Moraru)

En 2004, tras vivir los atentados del 11M, Jorge Dezcallar ocupó el Palacio de España en Roma. O, lo que es lo mismo, fue el embajador ante la Santa Sede. Esa es, por cierto, la embajada más antigua del mundo, de por allá a finales del siglo XV. Ahora se encuentra en la Piazza di Spagna de la capital italiana, en un precioso edificio digno de una misión diplomática ante el Papa. La decoración de sedas y damascos del comedor de ese palacete fue testigo de cómo 6 cardenales y 10 obispos leyeron la cartilla al gobierno de Zapatero durante una cena que se celebró tres días después de aprobar el matrimonio gay en España. Era la noche anterior a la investidura del Papa Benedicto XVI. Con la iglesia hemos topao. Pero también se entonan frases amables en ese palacio, ya que de allí salió la recomendación de este libro y las ganas de leerlo.

La diplomacia surgió, precisamente, para evitar la guerra. Pero eso es lo que más estallidos le provocó durante su último empleo como embajador en Estados Unidos con Irak, Kosovo y Afganistán como protagonistas. Los americanos, en una película permanente. El diplomático mallorquín vivió el boom Obama sin olvidar nunca las 3D de la política exterior americana: defensa, diplomacia y desarrollo.

Por cierto, en todas esas representaciones siempre tuvo presente dos cosas muy importantes: el humor diplomático y que toda cita tiene que ir regada con un buen vino.

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